(2-0) Lander

By Ramírez

Si alguien ha leido este blog antes, depronto recuerde el artículo donde expongo mediante un ensayo de Bertand Russell por qué no creo en dios ni en la religión, mediante un ensayo de otra persona pues aunque en mi fuero interno entiendo perfectamente porque pienso como pienso sobre muchas cosas, se me dificulta de cierta manera “traducir” eso a un lenguaje “exterior”.

Pues bueno, en estos días desparchado como un berraco llegué a un artículo de Efraím Medina en Soho y sucedió exactamente lo mismo pero con otro tema muy alejado de la religión o de dios. Me limitaré a decir que tengo una relación de amor/odio con Colombia, que me vale tres pelos que haya yo no se qué variedad de sapos venenosos en el Chocó o en el Amazonas (pa lo que le sirve eso al ciudadano común), que odio la culturita de la “echada de perros” donde todo son mentiras, y luego las viejas, aún a sabiendas de eso se quejan después, etc etc, por poner unos casos puntuales. En resumidas cuentas, gran parte de las cosas buenas que me han pasado me han pasado en Colombia, yo se que hay cosas muy buenas aquí, y algunas personas que valen mucho la pena, aunque poquitas en mi experiencia (no se trata de extremismos, aquí todo son extremos… no hay matices de nada, sólo blanco y negro), pero en términos generales (repito: Se que no es lo único, no me empiecen con la cantaleta de que somos tercer puesto mundial en sapos venenosos de Chocó) este país, o no tanto el país, sino la cultura y comportamiento general de su gente me parece que tiende a la mierda (básicamente: Cagao). Fuera de un par de pendejadas puntuales nunca supe “traducir” el por qué de eso a un lenguaje “exterior”, pero este tipo Medina con lo que escribió hizo con este tema más o menos lo mismo que hizo Bertrand Russell con lo de la religión y dios. Argumentos más, argumentos menos aquí está la respuesta de por qué digo “odio este país” la mayoría de veces que lo digo (porque en ocasiones lo digo por cosas que no están ahí y claro, en otras ocasiones, aunque muy poquitas, digo que lo amo). Sin más preámbulo, ahí les va. Ah por cierto, si usted es de los que cree que Montoya es la polla y que Shakira es dios y que este es el mejor vividero del mundo porque rescataron a Ingrid Betancourt y todavía recuerda vívidamente el 5-0, entre otros toques nacionalistas kakrekos le recomiendo que no lea. El resto de personas con dos dedos de frente, algo de criterio y cierta conciencia situacional de dónde se encuentran no creo que tengan mucho problema en estar de acuerdo con Medina, e indirectamente conmigo (pues es lo mismo que pienso, pero no lo había podido “traducir” nunca -sobretodo este asunto de jurar amor para follar, y las bobas que se lo creen, me da cierto impetu para seguir como sigo, o sea, no hacer eso jamás, aunque sea la regla que me toca sufrir en Medellín-). De aquí en adelante todo es escrito por Efraim Medina, pero sería escrito por mi si tuviera la capacidad de escribir lo que pienso sobre ciertos temas, ahí va.

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Colombia es un país miserable, hipócrita y anodino. Por supuesto, también es cálido, bello y vibrante. Pero, sobre todo, es estúpido, mezquino y traidor. Todos los países tienen su gracia, pero hay miles de lugares mejores para nacer que un hueco inmundo como Colombia. Y digo hueco no en un sentido geográfico sino humanístico. A buena parte de mi “linda gente colombiana” la metería con inmenso placer en la máquina de moler sesos. Es innegable que existen buenas personas incluso en Colombia. O tal vez lo innegable es que la frase anterior es una presunción estadística y un abominable lugar común. Los colombianos viven, más que cualquier otro grupo humano, para el chisme y la mentira. Y me refiero directamente a ustedes que me leen y, para ser imparcial, a mí entrañable y singular YO que, como ustedes, se sentirá injustamente señalado.

Querido lector, si te queda un ápice de coraje tendrás que reconocer que la mentira es el elemento esencial de tu vida; antes de negarlo piénsalo un instante. Para follarse a una mujer un colombiano no tiene el mínimo pudor en declararle su amor (y la colombiana finge que le cree porque tiene segundas intenciones. Así, engañándose mutuamente es que se crea la monstruosa familia colombiana tipo). Para ocultar su inanidad rastrera un colombiano es capaz de inventarse una personalidad cada día sin tener dudas de que él representa cada una de esas personalidades. El colombiano miente con fluidez y convicción, aunque no necesite mentir miente porque es su deporte favorito y en el vasto Universo no tiene rival. Una grasa indestructible de falsedad y envidia cubre a los colombianos de pies a cabeza; es un rasgo fundamental que no hace distinción de raza, alcurnia o religión. Ver la pobreza como un rasgo histórico inamovible es una política de Estado en Colombia, también lo es estratificar a los habitantes. Cuando un maldito Estado le manda recibos a sus habitantes dividiéndolos en estratos simplemente les está diciendo que una parte de los habitantes son física mierda, otros mierda mezclada, otros mierda prensada y que existe un pequeño porcentaje de la población que es mierda brillante. Del estrato cero al siete la mierda cambia de aspecto pero estar estratificado significa ser mierda y punto. Es como esa frase uribista de que Colombia es pasión; supongo que se refiere a las víctimas de todos las formas de violencia que el país produce. Pasión porque el ochenta por ciento del país vive en la indignidad y la angustia. Pasión porque ante el diálogo y la crítica la respuesta suele ser la amenaza y la intriga. Pasión porque cualquier roce entre colombianos puede conducir al crimen. Pasión porque la palabra fiesta para un colombiano equivale a beber hasta convertirse en un macaco que balbucea incoherencias, ríe, abraza, moquea y llora. Y esa es la alegría natural de la que solemos hablar. Todo aquel que no beba hasta convertirse en macaco es un pobre infeliz. Todo aquel que no grita, insulta o empuja es triste y aburrido.

Los colombianos detestamos la crítica y carecemos de autocrítica, tenemos unos niveles de resignación que superan los de cualquier parásito intestinal y, después de la mentira, nuestro mayor talento es quejarnos; sentimos que cualquier cosa adversa que nos sucede es culpa de otros.

Todos los colombianos saben hablar, más o menos bien, cualquier idioma desconocido. Todos son avispados y creativos, si les ha ido mal en la vida ha sido por mala suerte. Ningún colombiano exagera, es sólo que vive en un país increíble y maravilloso. Si un chofer colombiano llega a la Fórmula Uno de inmediato es ídolo nacional, no importa que la mayoría nunca antes haya oído hablar de ese deporte lo importante es que se trata de un colombiano que triunfa y eso es suficiente para desgañitarnos y sacar pecho. Tenemos una idea enferma de lo que significa ser alguien. Los colombianos somos seres contrahechos del alma, nuestra sensibilidad está dictada por los medios. Creemos que Shakira y Juanes son artistas y que la momia de García Márquez es el mejor escritor del mundo (como si existiera un campeonato mundial de escritores).

Recuerdo que una vez, en mis tiempos de estudiante en la U de Cartagena, un grupo de teatro participó de un festival en Francia y cuando regresaron el rector los llamó a su oficina para preguntarles como les había ido. El representante del grupo le dijo que la experiencia había sido magnífica y entonces el rector quiso saber si al menos habían sido subcampeones. Porque para los colombianos, aún los más ilustrados, todo se reduce a ser campeones de algo. Cada día millones compran su billete de lotería esperando cambiar de vida. No entienden que una persona y una sociedad debe crecer, antes que nada, desde el punto de vista humano. Tener sentido común para un colombiano equivale a embaucar y abusar de la confianza ajena. Su código ético está representando en un único axioma: “A papaya puesta, papaya partida”. Es curioso que el inagotable ingenio y sentido común colombiano haya reducido todas las posibilidades culinarias que nuestra cacareada biodiversidad podría permitirnos a algo tan infame como el sancocho. Nuestro flamante plato nacional consiste en llenar una olla de agua, ponerla a hervir y arrojar dentro todo lo que encontremos en el camino sin el menor criterio. Yuca, ñame plátano, papa… Todas las harinas mezcladas para que nuestro hígado entienda que no le daremos tregua. Carne de cerdo, pavo, pollo, res… Toneladas de colesterol para que nuestras arterias se tapen y nuestro corazón aprenda a ser macho. El sancocho es el símbolo de nuestra creatividad y poder de síntesis, lo que podría ser una serie de platos con diversos sabores, colores y texturas es reducido a más o menos lo que será después: una sustancia de extraño color, densa, peligrosa para el cuerpo y el alma a la que, para poder engullirla, debemos darle gusto exprimiendo buenas cantidades de limón o rociándole ají picante con la esperanza que funcione como antídoto.

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Medina tu papa!
Fuente: Aquí

The All American Rejects – The Last Song

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